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octubre 2nd, 2015Número 3, Reseñasadmin 0 Comments
Viendo la luz…

Viendo la luz… salas de cine en la literatura mexicana
de Gustavo García

por Rafael Aviña

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Antes de la llegada de la televisión, de la videocasetera, del DVD y el Blue Ray, la sala de cine era el único espacio de contacto entre el espectador y la película. Un sitio asombroso, inquietante y privilegiado, que aislaba de manera temporal al cinéfilo para convertir las imágenes cinematográficas en el producto de esa incipiente fábrica de quimeras: un templo al escapismo, para descubrir la materia misma de los sueños. Y es que, la historia del cine en nuestro país, se encuentra ligada de manera íntima a la construcción de sus palacios fílmicos: desde el añejo y afamado Salón Rojo inaugurado en 1909 hasta los ultramodernos y ahora cotidianos cineplex.

Cito a Federico Dávalos en su estupendo libro de texto obligatorio, Albores del cine mexicano editado por Clío en 1996: “los primeros cinéfilos acostumbrados a otros espectáculos en vivo, gritaban, aventaban sombreros y aplaudían como si estuvieran en las plazas de toros. O bien, silbaban y pateaban durante las malas películas como lo hacían en el teatro de revista”. Es decir, se anticipaban así, a los críticos fílmicos de hoy en día.

Las salas cinematográficas no sólo se concretaban a albergar a masas fascinadas ante esas imágenes en movimiento. Se trastocaban en verdaderos espacios de convivencia urbana. Un ritual familiar o personal, que se iniciaba desde varias horas antes y cuyo clímax surgía justo cuando uno cruzaba el umbral que separaba el vestíbulo, del recinto de butacas y se descorrían esos telones de terciopelo azul o color carmesí, para introducirnos en mundos inhóspitos, fascinantes, dulces, terribles, o divertidos. Incluso, los misterios de esos universos desconocidos se iniciaban desde que uno abría las páginas del periódico para revisar los anuncios de la cartelera y más aun, cuando uno se encontraba a unas cuadras de la sala de cine y se divisaban sus espectaculares marquesinas. No en balde Charles Lee, notable arquitecto de salas cinematográficas en los años cuarenta, responsable del cine Lido, el Lindavista, El Chapultepec, entre otros, decía: “El espectáculo comienza desde la calle”.

Hace poco menos de dos años, el escritor y poeta Vicente Quirarte presentó un libro titulado Amor de ciudad grande; en él hace un recorrido por la ciudad de México a través del tiempo y a partir de relatos de varios escritores y personalidades que han escrito sobre ella. Con una idea similar, el crítico, historiador, investigador, profesor, cinéfilo y amigo querido Gustavo García, logró una deliciosa compilación, en donde las salas de cine, los palacios olvidados al igual que las viejas vecindades de la ciudad, se trastocan en un personaje protagónico que cobra vida tal y como aquellos espectadores, quienes tuvieron la dicha de conocerlas y de asistir incluso, hoy en día, a los nuevos complejos fílmicos. La mirada afilada de Gustavo es la guía de esta atractiva colección de historias, testimonios, remembranzas y ficciones alrededor de esos espacios distantes aún vivos.

En el libro Viendo la luz… Salas de cine en la literatura mexicana editado por Uva Tinta Editores a cargo de Jorge García Robles, con el apoyo del INBA y Conaculta, salta a la vista, no sólo dos de las pasiones de Gustavo García: el cine y la literatura, sino su lucidez y al mismo tiempo su indignación, para poner el dedo en la llaga, no tanto por la nostalgia, sino por la pérdida devastadora de una cultura nacional que va a la baja. Nunca como antes, se hace necesaria la revalorización de la educación y el cine en nuestro país. Y es que, sus salas y sus filmes, emblemáticos o no, forman parte de esa cultura popular que de a poco se ha ido perdiendo en un mundo globalizado dominado por la tecnología y la imposición de modelos que no nos pertenecen.

La repentina e irremplazable pérdida de Gustavo García impidieron que él mismo elaborara un prólogo o presentación, sin embargo, logró completar esta antología de textos a cargo de 18 escritores, cronistas, ensayistas y críticos mexicanos, por nacimiento o por gusto, de diversas épocas, calibres y alcances, más un apéndice centrado en diez salas de cine ya desaparecidas de la ciudad de México, en donde se da fe del fenómeno fílmico y la fascinación por el llamado séptimo arte y sus catedrales cinematográficas.

La portada del libro, es una imagen del cine Granat. Cabe decir, que hubo dos: uno en Pino Suárez e Izazaga fundado en 1918 y el de Peralvillo, construido en 1923. Los textos que Gustavo propone, van acompañados a su vez, de algunas fotografías en blanco y negro de salas de cine en sus años de esplendor o en su época de decadencia total, así como imágenes tomadas directamente de la hemeroteca con anuncios de estrenos y de la cartelera en años de gloria. Con ellas, nos enteramos por ejemplo, que en los años treinta, los estrenos eran los martes. En otro más, se habla de una curiosa fantasía musical estrenada a inicio de esa misma década: El mundo en 1980 de David Butler que fue nominada al Oscar por su ambientación y escenarios. El anuncio dice: “Vengan ustedes a ver la película más atrevida. Conozcan el futuro de la humanidad. ¡Imagínense ustedes. El mundo en 1980!”: Goya, Rialto, Alcázar.

En este libro, que incluye textos de Jorge Ibargüengoitia, Ángel del Campo Micros, Juan Bustillo Oro, Sergio Pitol, Eraclio Zepeda, Paco Ignacio Taibo I, o Juan José Rodríguez, Luis G. Urbina habla del cine como espectáculo para las masas justo en el año en que el cine llega a México: 1896. Amado Nervo anticipa en 1907 el cine en las modernas tablets: cito a Nervo: “¡Qué felices serán nuestros nietos que van a contemplar nuestra existencia, nuestras conquistas y nuestras derrotas, no en estampas de libros, ni en páginas parciales, sino como en un espejo que retuviese incólume, todas las imágenes que han desfilado frente a un cristal misterioso”. Ramón López Velarde habla de las divas italianas del cine silente y de su voluptuosidad y robustez. “Venustidad” le llama. Martín Luis Guzmán, el mismo de La sombra del caudillo hace referencia al pionero de la epopeya documentalista revolucionaria, Jesús H. Abitia. Muy interesante el texto del diario de Federico Gamboa sobre el estreno de Santa en 1931 y sus dificultades para cobrar regalías. Deliciosa la descripción de Salvador Novo sobre el estreno de María Candelaria, al igual que el fragmento de Parménides García Saldaña, entresacado de El rey criollo, en el que el joven autor de la onda menciona el caótico estreno de Melodía siniestra o El rey criollo con Elvis Presley en el Cine Las Américas. Brillante el texto de Miko Villa sobre la transformación de las salas de cine, sobre todo en los años setenta para crear “salas de arte” con una “manita de gato” como él mismo dice. O Emilio García Riera que confiesa haber sido un polizonte gorrón durante años en el cine Venecia. Leonardo García Tsao comenta sobre los platicones en el cine y los arquitectos Francisco Alfaro y Alejandro Ochoa hacen un brillante análisis arquitectónico y social de ese gran espectáculo de masas como lo es el cine.

Al igual que muchos de ustedes conocí a Gustavo a través de sus escritos y de sus críticas amenas y demoledoras en ocasiones. Tuve la fortuna de tratarlo, de ser su amigo, e incluso escribimos un libro juntos Época de oro del cine mexicano para Clío. Gustavo era un hombre inteligente, de enorme agilidad mental y erudición. Poseía una personalidad muy marcada, muy propia, forjada a fuerza de cinefilia y un afilado humor. Pero sobre todo, Gustavo era un hombre generoso, amoroso y compartido, me refiero a todo, no sólo a sus conocimientos. Era un hombre alegre pero también, con una gran capacidad de indignación ante la estupidez y los abusos.

Hace doce años, Gustavo escribió un texto para Letras Libres titulado Adiós al Olimpia. Cito un fragmento: “Con la desincorporación de COTSA, el país se vio, en calidad de cadáveres arquitectónicos, con los viejos palacios cinematográficos, y sin una sola propuesta de conservación, restauración o nuevo uso, justo cuando surgía una generación nueva de masas cinéfilas (dos millones y cuarto de espectadores para El crimen del padre Amaro en sus primeros diez días, por ejemplo). La relación entre los mexicanos y sus ciudades tiende al odio: emulando a los constructores de pirámides aztecas, se hace una ciudad sobre otra, pero siempre arrasando la anterior, siempre inspirados por la especulación inmobiliaria más rapaz. Al diablo con la ciudad como memoria, patrimonio artístico y espacio de convivencia humana; al Paseo de la Reforma se le eliminaron las espléndidas mansiones porfirianas, primero y, ahora, su circuito de cines (de seis que tenía sólo sobrevive el Diana); once salas de COTSA fueron puestas en subasta por el Fondo Liquidador de Instituciones y Organizaciones Auxiliares de Crédito, y el gobierno de Rosario Robles adquirió tres (Futurama, Bella Época y París); tres años después, son papas calientes para las que no existe un destino preciso. Mientras tanto, al Lindavista, obra del notable arquitecto Charles Lee, junto con el Bella Época y el Chapultepec, lo volvieron recinto religioso. Y la puntilla: el Olimpia, el cine más antiguo de todo el país, que se mantenía digno en su abandono, ahora será una tienda más en un Centro Histórico que rebosa de comercios y languidece de espacios culturales. Ninguna voz se levantó para conservar el Cine Olimpia, aquel espacio social en cuya primera remodelación depositó la primera piedra Enrico Caruso, donde Ana Pavlova ejecutó su legendaria coreografía sobre “El jarabe tapatío”, y donde las cintas de Griffith y Chaplin y Valentino, iban acompañadas por el órgano Wurlitzer”.

Pero también, en su libro Al son de la marimba. Chiapas en el cine cuyos ejemplares en su mayoría se quedaron en la propia casa de Gustavo y que ojalá la Cineteca Nacional o la Filmoteca de la unam se animen a distribuir, Gustavo García dice en su dedicatoria: “Para mi madre, que me dio, entre tantas cosas, el vicio del cine. Para mi padre, que entre otras cosas, me lo toleró” y más adelante, comenta: “…mi primer recuerdo cinematográfico lo tuve hacia los seis meses de edad, como se revelaría años después: burbujas cubriendo un rostro indignado, el del enano Gruñón en, por supuesto, Blanca nieves y los siete enanos, que mi madre me llevó a no-ver, sino para que me diera sueño, supongo que en el cine Alameda de mi Tuxtla Gutiérrez natal. Mi infancia se instala también en Berriozábal: recuerdo las multitudes que se formaban afuera del cine Betty, que manejaba con sabiduría mi tío Vicente Rovelo…”. “Aunque mi privilegio familiar me permitía sentarme junto al proyector, fue hasta un buen día, cuando andaría por los cinco años y que vi un trozo de película desechado en una mesa, Susana Cabrera en blanco y negro limpiando un mostrador con un trapo, el movimiento fragmentado en 24 fotogramas, un segundo de vida cinematográfica, como entendí algunos de los secretos de un medio que nunca termina de darse del todo ni a sus mayores maestros”, como lo fue el propio Gustavo.

Creo, que con éste último libro, Viendo la luz. Salas de cine en la literatura mexicana, Gustavo García quería dejar un testimonio de un país con personalidad y orgullo de su cultura. Al igual que él, en ocasiones, cuando me animo a recorrer una y otra vez las calles de mi infancia, no dejo de pensar en varios de los cines que visitaba y que ya no existen, como El Alarcón, El Máximo, El Florida o el Cine Villa Coapa que fueron mis segundas casas. Las marquesinas de aquellos antiguos recintos dejaron de anunciar estrenos fílmicos, para ostentar campañas de fe de sectas religiosas, conciertos, baños “limpios e higiénicos”, e incluso table dances. Quizá, Gustavo intentó decirnos que el auge y caída de la industria fílmica, era una metáfora del país mismo, trastocado en violencia, derrumbe y olvido como sucedió con varias de aquellas grandiosas salas que jamás olvidaremos, como al propio y querido Gustavo García.

Gustavo GarcíaGustavo Garcia (comp.), Viendo la luz… Salas de cine en la literatura mexicana, México, Uva Tinta Editores, 2013.