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octubre 2nd, 2015Número 3, Reseñasadmin 0 Comments
Un cineasta interrumpido

Un cineasta interrumpido
de Nicholas Ray

por Pablo Orube Colín (FCPYS, UNAM)

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“Para mí, quizá, hacer cine es más personal
que cualquiera de las cosas personales”

Nicholas Ray

¿Qué es un maestro? ¿Qué convierte a alguien en maestro? La palabra refiere a aquel que domina su oficio en uno o en todos sus aspectos, también es el calificativo que inspira la destreza o quien ejecuta una labor de forma destacada. El término ha perdido su importancia e incluso ha llegado a ser descalificado; sin embargo, renueva su brillo cuando se encuentra en una persona que lo encarna de manera auténtica. Nicholas Ray era un maestro como cineasta pero también lo era en el sentido docente de la palabra. Aprendió los rudimentos del oficio desde el teatro para después trasladarlos al cine y cuando la industria cinematográfica le dio la espalda emprendió una intermitente labor como profesor de dirección dramática para cine en diversas escuelas y universidades.

El libro Un cineasta interrumpido (y sus técnicas de actuación para cine) es la recopilación de las clases que dio Ray en los años previos a su muerte así como de las notas misceláneas y apuntes autobiográficos que el director dejó en abundancia. Susan Ray, su última compañera, realiza una tarea sobresaliente como editora del volumen y brinda una imagen equilibrada entre la persona pública (un artista brillante y temperamental) y la persona privada (contradictoria e insegura), aunque en la introducción pesa más su punto de vista como la mujer deslumbrada y desbordante de admiración por su marido, cuarenta años mayor. Es justo decir en su favor que Susan es consciente de dicha admiración y lo reconoce: “Nick era tan grande y estaba tan cerca, que todo lo demás quedaba excluido de la visión de mi lente; y la esposa del gran hombre, independientemente de quién pueda ser, rara vez es vista a plena luz, excepto como ornamento, obstrucción o como un gran error” (p.30). A pesar de que estando aún vivo Ray le encomendó la redacción de su biografía, Susan se rehusó por considerarse incapaz para la tarea. Después de su muerte enfrentó la labor de poner orden a las notas y transcribir las más de un centenar de horas de grabación existentes de las clases de su marido. El trabajo le tomó catorce años y quedó plasmado como una sucesión de lecciones ordenadas temáticamente a las que se intercalan notas autobiográficas y reflexiones sobre varios tópicos escritas por Ray.

La relación tirante entre el método de dirección actoral de Ray y el elaborado por Stanislavsky, dentro de sus clases y en sus notas, se hace patente pero siempre se resuelve por el reconocimiento hacia el trabajo del dramaturgo ruso. La necesidad de Ray por desmarcarse del método ruso y perfilar el propio, comienza en el teatro y se intensifica por su paso en el Action Theatre, compañía que años después daría origen al Actors Studio principal fuente de actores de cine de Norte América y artífice del término “actor de método” que no es otra cosa que la aplicación de los principios de la escuela rusa nacida de Grotowsky, Meyerholdt y el mismo Stanislavski, a las necesidades y la idiosincrasia del cine producido en Hollywood. A lo largo de las lecciones Ray va decantando su manera, más que su método, de dirigir actores y lo hace en episodios como si al explicarlo lo estuviera clarificando para sí mismo. La costumbre indica que un actor se concentra en los parlamentos y en las motivaciones de su personaje para brindar una actuación convincente. En oposición a ello Ray señala que el centro de una actuación creíble está en las “acciones” que son resultado de los “deseos” del actor. Es decir:

Un actor no puede sobrevivir frente a la cámara concentrándose en las líneas que supuestamente debe decir. Su concentración debe enfocarse en lo que desea. El director debe ayudar al actor a encontrar lo que desea en sus propios términos, no dictándole… sino ayudándole a tener en mente lo que acaba de ocurrir al personaje, lo que ahora desea, y qué se interpone entre él y su obtención. Entonces, lo que sigue en la escena puede convertirse en una sorpresa, y eso siempre es bueno. (p. 64).

Sorprende que un cineasta nombrado por los teóricos del cine de autor, como el “poeta de la soledad”, encuentre que el fin último de un director es exponerse a sí mismo frente a los demás; en otras palabras, comunicar la propia esencia y visión de las cosas a los otros. Hay una necesidad en los seres humanos de relacionarse y esa necesidad nace, según Ray, de la soledad. Inherentes a esa condición existen elementos que conforman nuestra personalidad y nos hacen singulares, al entrar en juego con los de los demás se dan las condiciones para que la realidad pueda ser dramatizada. Es decir, nuestra necesidad de unirnos a los demás nos termina separando, nos incomunica, nos orilla a la soledad y esa es la naturaleza del drama humano. Sin embargo, “la tarea de un director es exponerse de cualquier manera que sea necesaria para comunicar, ya sea directamente o a través de otros artistas debe exponer, y desvergonzadamente, cualquier cosa que verdaderamente sienta a cerca de las cosas, aun si lo que siente es aborrecimiento”. (p. 81-82).

Así como Ray entiende que un actor debe prepararse para reaccionar y hacer fluir una escena también plantea lo que un director debe tener presente al dirigir actores o una escena cualquiera:

“Antes de dejar que se emplace la cámara, se debe estar preparado para recibir, para responder a, y evaluar, la escena por actuarse. Y si en el transcurso de la escena uno se da cuenta de que nuestra respuesta es insuficiente, hay que saber por qué, y redirigir a los actores o darles algo en lo que puedan basar su trabajo, hasta que la escena se logre. Se tiene que saber decir: ‘se imprime’. Y, una vez más, todo eso tiene que ver con saber lo que uno quiere, con conocer nuestra acción” (p. 90).

Un director es un ser que pena y lucha, que lucha y pena ¿para qué? Para descubrir quién es, para descubrir quizá qué vino a hacer a este mundo. Nicholas Ray que había sido tan manipulador con sus colaboradores, parejas, actores, que había mentido a tantos, que había sido un peligro para sí mismo, que había sido genial y que había fracasado colosalmente, llegó a transformado a su segunda y última etapa como profesor en la Universidad de Nueva York y en el Instituto Lee Strasberg. Ya no era el artista que quería romper moldes y que sentía que el mundo le debía algo (aunque sólo fuera reconocimiento), se había convertido en un hombre de salud frágil que tenía los días contados y encaraba la vida de manera reflexiva. Encontraba decepción en las nuevas generaciones pero también se permitía admirar la obra de los jóvenes talentos, como cuando vio de primera mano La conversación (The conversation, F.F. Coppola, 1974) y la consideró “la película más devastadora, suspensiva y mágicamente reveladora acerca de un ser humano, un maestro de la conversación, que no puede comunicar” (p. 99). Encontró en esa cinta, como en todas las que filmó, una manera de relacionarse con los demás, de retar a la soledad y a la imposibilidad de la comunicación.

Es notable que la UNAM haya decidido publicar este libro ahora precisamente, cuando el oficio del director ha ido perdiendo su fuerza en favor de la pirotecnia visual, el montaje del video clip, la lógica televisiva y de las redes sociales. Los actores también se diluyen trabajando frente a pantallas azules, manipulaciones digitales y recurriendo a efectismos como subir o bajar de peso, usando prótesis para resaltar con látex algo que con actuación son incapaces de mostrar en toda su fealdad o belleza. Nicholas Ray pensaba que el cine era algo personal, que era un vehículo para encontrar la individualidad, pero no la individualidad onanista del consumismo, sino aquella que hace que el individuo se sienta parte de la humanidad. Es posible que Ray, el director o el profesor tenga aún algo que decirnos aunque parezca que ya todo se ha dicho; es posible que todavía una historia humana nos devuelva nuestro rostro.

Gustavo GarcíaNicholas Ray, Un cineasta interrumpido (y sus técnicas de actuación para cine), edición e introducción de Susan Ray, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2013.