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enero 22nd, 2017Sin categoríaadmin 0 Comments
Manuel Fontanals: escenógrafo del cine mexicano

Manuel Fontanals: escenógrafo del cine mexicano
de Elisa Lozano

por Martha Patricia Montero

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En diciembre de 2001 el crítico de cine Gustavo García (1954-2013) publicaba en Letras Libres el artículo “El misterio de Fontanals”. Con su escritura aguda e informada y como parte de una travesía en torno al desarrollo creativo del catalán, afirmaba que:

En algún momento decidió quemar todas las naves de su biografía y, en efecto, ardieron documentos personales, planos, fotografías, correspondencia, toda la parafernalia que fuera útil a quien quisiera biografiarlo a posteriori. El misterio de Fontanals fue su última, minuciosa, estilizada escenografía.

El maestro querido y de vasto conocimiento no alcanzó a conocer la investigación que llevaría a Elisa Lozano a contactar a la hija de tan completo artista plástico: Leticia Fontanals Subervielle. Quien en un cofre guardaba, literalmente, un verdadero tesoro. El cual confiaría a ella con la certeza de que ese acto podría aportar contenido valioso para crear una mayor reflexión sobre la obra de su padre.

Bocetos de escenografías, fotografías sueltas y álbumes fotográficos en torno a los temas de su interés constituyen una muestra del talento de quien ejerció en diversas artes –teatro, arquitectura, diseño y cine– así como de la relación de complicidades creativas con inmortales como su íntimo amigo el poeta Federico García Lorca, o el prolífico director mexicano Arturo Ripstein. Ambos como emblemas de dos patrias que le acogieron y marcaron el destino de su trayectoria: el exilio forzado por el régimen franquista y un país donde contribuiría en más de 200 films (el último, El castillo de la pureza).

Gustavo García, piedra angular de un cuerpo crítico y sólido sobre la cinematografía mexicana, se hubiera deleitado con los dibujos que, aún en la fragilidad que toma el papel al paso del tiempo, declaran en su silencio la maestría de quién fue el más fértil de los cuatro españoles republicanos: Fontanals, Francisco Marco Chilet, Vicente Petit y Arcadi Artís Gener. Quienes crearon escenografías para cintas nacionales en un amplio periodo que va de 1938 a 1972.

Generosa como pocos investigadores en torno a sus descubrimientos, la maestra Elisa Lozano se acercó a la Filmoteca de la UNAM para dar a conocer la valía del conjunto de documentos patrimoniales que conservaba Leticia Fontanals Subervielle. El libro Manuel Fontanals: escenógrafo del cine mexicano es el primer fruto de esta alianza, a la que se sumaron con un entusiasmo compartido Rogelio Agrasánchez y Xóchitl Fernández (del Agrasánchez Film Archive) así como el propio Arturo Ripstein y los especialistas Eduardo de la Vega Alfaro, Héctor Orozco, Álvaro Vázquez Mantecón, Rafael Aviña y Hugo Lara Chávez.

Todo aquel interesado en el devenir de la cinematografía nacional, como creador, crítico o estudioso, puede abrevar con gozo en esta obra. Ya sea para abordar a Fontanals y su faceta como escenógrafo como para interiorizar en datos, igual de valiosos, en torno a las formas de hacer cine, las personalidades, las evoluciones en técnicas y temáticas, los retos y logros. Además, como bien acota Elisa Lozano:

Más allá del fin con el que fueron realizados –pre-visualizar el ambiente general de la película con el director y el cinefotógrafo; como una guía puntual para el departamento de construcción–, los bocetos de Fontanals resultan atractivos per se. […] Con un estilo particular, los trazos del catalán son reconocibles por su línea suelta, la cuidadosa escala tonal (por demás fundamental en el cine filmado en blanco y negro), el dominio de la perspectiva, la forma de representar las fuentes de luz y por incorporar, la mayoría de las veces, a los personajes en acción dentro del cuadro.

Entretejidos entre una línea del tiempo que da cuenta de la evolución del trabajo de Manuel Fontanals, los ensayos de los colaboradores invitados se suceden profundizando en sus aportes. El escrito de apertura no podía corresponder a otro que no fuera Arturo Ripstein. El resultado es cálido, entrañable, hilvanado desde el corazón de quien reconoce:

Si yo no hubiera sido hijo de productor, si no hubiera sellado mi destino en los estudios, sumido en los sets de las películas que producía mi padre, anidado entre cables y reflectores, no sabría, como tantos y tantos mexicanos lo ignoran, que le debemos mucho de esa imagen [la que construyó la Época de Oro] de nuestro México a Manolo Fontanals, catalán, exiliado y escenógrafo por excelencia en la historia del cine mexicano.

Reconocido como un director prolífico y el segundo cineasta en haber obtenido el Premio Nacional de Ciencias y Artes que otorga el Gobierno de México (1997 tras el de Luis Buñuel en 1977), Ripstein llegó a realizar con Fontanals uno de sus proyectos catalizadores, El castillo de la pureza, reconociendo como un privilegio tener como colaborador al catalán, a quien llamaban en el medio, con gran cariño, Manolo. “Se lo ofrecí con la certeza de que el buen ojo de Fontanals, la elegancia de su equilibrio, su sobriedad, le darían a mi historia de encierro la rotundidad que la película necesitaba”.

En su país natal ya era un artista de primera línea, así que cuando llegó a tierras mexicanas, la invitación a hacer de nuestro país su residencia era garante para contar con su talento. Basta un asomo detallado a sus dibujos y enseguida el contraste con el resultado fílmico, por medio de stills o fotografías de las escenas, para comprobar la delicadeza de su trabajo, ya se tratara de una historia de época, en barrios bajos o en la elegancia interior de casonas destinadas a habitar por familias acomodadas.

Entre un número importante de dibujos de películas no identificadas, hay varios acercamientos a cintas como Los tres mosqueteros (Miguel M. Delgado, 1942); El hombre de la máscara de hierro (Marco Aurelio Galindo, 1943); Tuya en cuerpo y alma (Alberto Gout, 1944); La diosa arrodillada (Rodolfo Gavaldón, 1947); Macario (Roberto Gavaldón, 1959); El vampiro sangriento, La invasión de los vampiros (Miguel Morayta 1960 y 1961, respectivamente); o Pedro Páramo (Carlos Velo, 1960).

De lo que dan cuenta los trazos ahí conservados es del bagaje cultural de Fontanals y de su preparación como arquitecto. Las acotaciones establecen dimensión de espacios, mobiliario y decorado acordes a las necesidades de cada historia, e incluso la trascienden. Están previstas para ubicaciones de cámara, para lograr contrastes lumínicos, para proveer a cada escena no sólo del marco más apropiado sino de la plataforma ideal para provocar un mejor desarrollo histriónico de los actores estelares.

No obstante, sus aportes no se constriñen a los aspectos arquitectónicos, escenográficos o de diseño de interiores. Con base en su experiencia como diseñador y creador de libros en su natal Cataluña, también aplicó sus artes para la creación tipográfica en beneficio del cine nacional: centros nocturnos, bares y restaurantes adquirieron personalidad gracias a su mano hábil e ingeniosa.

Una cita del propio Fontanals, recogida en el libro, afirma: “El escenógrafo es alguien que llega al cine desde la plástica”. Coincidiendo con Ripstein, podríamos jugar a alargarla para decir que la plástica del cine mexicano contribuyó a crear una identidad nacional, en especial en su Época de Oro. Lo dicho es muy claro en la filmografía de Emilio “Indio” Fernández. Con quien colaboró Manolo Fontanals en dieciséis producciones, algunas de ellas icónicas y acreedoras a premios como el Ariel; tal es el caso de Enamorada (1946) y de Río Escondido (1947). La fama del Indio Fernández de trabajar con portentosos equipos, tanto en su cuadro actoral como en el de producción es otra prueba más del talento irrefutable de Manuel Fontanals y su capacidad para contribuir con escenografías que enfatizaban en los propósitos dramáticos y estéticos del director.

Sin embargo, lustros más tarde se daría un decaimiento de la cinematografía nacional, por razones como la aparición de la televisión o presupuestos menores. Circunstancias, aunadas a otras más, que darían lugar “a un cine sin mayores pretensiones”. Pese a ello, Manuel Fontanals “aprovecharía los mínimos recursos y, sobre todo, algunos presupuestos más holgados en la década de los sesenta, para aportar interesantes soluciones escenográficas a dos géneros emergentes impuestos por las ideas y transformaciones modernas de la época”. Continúa Rafael Aviña: “Por un lado, el horror y el fantástico a la mexicana, y el tema de una juventud humana y rebelde”.

Con esta visión amplia, bien podríamos remarcar que además de artista plástico que ejercía con don en varias disciplinas, Manolo era un observador agudo de la vida cotidiana: ponía atención a los detalles, pero también a los pensamientos que emanaban de las colectividades. ¡Qué espectro tan amplio de décadas y tendencias!

En el referido artículo de Letras Libres, Gustavo García hace un cuestionamiento que, aunque amplio, vale la pena reproducir:

¿Por qué se sabe tan poco de una figura tan importante para las artes plásticas de dos países? No basta la explicación de que a los escenógrafos en general no se les valora. Asimilado, sin embargo, a las circunstancias mexicanas, diseñó casas para los amigos en sus últimos años. Con todo, tras la muerte de Diana, decidió borrar las pruebas de su paso por el mundo: reconstruir su vida y obra es una labor casi imposible, después de que él mismo quemara sus documentos personales, los planos de casas y decorados, fotografías, correspondencia; su plan era desaparecer, no dejar rastro, paradoja en un arquitecto cuyas casas aún están en pie, cuyas escenografías aparecen en cada nueva exhibición de sus centenares de películas. Aislado en su mundo de diseños, de soluciones geniales para las narraciones más disparatadas, la muerte de su compañera constituyó la condena a un aislamiento que acaso fue un lento proceso iniciado con la muerte de García Lorca y el exilio; remató su vida y logros con una obra de genio, la casona de El castillo de la pureza, que reproducía en un plató de los estudios Churubusco las viejas casas del centro de Ciudad de México con todo detalle. Al concluir el rodaje, concedió la única entrevista de su vida [Esto, 10 de septiembre de 1972], y una semana después murió.

Falleció, cierto, pero no lo hizo en silencio. Su obra es un manifiesto claro que se enriquece por el tesoro que su hija Leticia compartió con Elisa Lozano, quien luego lo multiplicó gracias a las voces que logra conjuntar en Manuel Fontanals: escenógrafo del cine mexicano. La valía de esta obra trasciende el momento de su edición por parte de Difusión Cultural de la UNAM, en coincidencia con el 75 aniversario del exilio español: 2014. Es un homenaje cálido del aporte tangible de un hijo de aquella tragedia a la cinematografía de su país de acogida; un corpus esencial para seguir nutriendo la historia de nuestro cine desde los muchos ángulos que aún faltan por explorar; y, por supuesto, un patrimonio cultural destacado, por integrar los dibujos desconocidos de Fontanals, en conjunto con documentos fotográficos de Agrasánchez Film Archive, Fundación Televisa y la Filmoteca de la UNAM, junto con la investigación acuciosa de especialistas notables en torno a una figura de tal envergadura.

libroElisa Lozano, Manuel Fontanals: escenógrafo del cine mexicano, México,Dirección
General de Publicaciones y Fomento Editorial, UNAM, 2014.