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octubre 13th, 2017Número 5, Reseñasadmin 0 Comments

La Masificación del cine en Chile 1907-1932. La conflictiva construcción de una cultura plebeya
de Jorge Iturriaga

por Claudia Bossay

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Como indicara en 1927 George Forman, gerente de Metro-Goldwyn-Mayer, en Chile “La pantalla no habrá de ser sino el reflejo de un estado de alma de la época.” De hecho, esta cita presente en los epígrafes de La Masificación del cine en Chile 1907-1932. La conflictiva construcción de una cultura plebeya nos habla tanto del contenido como de la forma de esta importante investigación. Por una parte, este libro presenta justamente el espíritu de una época: aquella durante la cual se construyó una cultura plebeya en Chile en relación al biógrafo, mejor conocido hoy como el cine.

Por otra parte, esta cita junto con las otras doce que aparecen en las primeras páginas del libro nos indican desde el comienzo que la lectura estará llena de este tipo de deleites. El arduo trabajo de archivo recopila una gran variedad de fuentes; tanto del gremio cinematográfico (como boletines y periódicos de las empresas, y en su extensión las revistas Eco de la Liga de Damas Chilenas y La Cruzada, del temprano cuerpo censor no oficial); de prensa especializada en cine (como Pantallas y Bambalinas, La Película, El peliculero, Cine Gaceta, Hollywood y Ecran, entre otras); de público amplio en donde se recogieron opiniones del biógrafo, de los teatros, de las cintas y del acontecer nacional relacionado con el biógrafo (como El Mercurio de Santiago y Valparaíso, El Diario Ilustrado, La Nación, La Unión, Zig-Zag); así como también publicaciones del aparato estatal (como boletines de leyes, estadísticas municipales, publicaciones del Senado y de tribunales). A través de ellas, la investigación nos acerca a las opiniones y expresiones sobre esta época. Y para no perdernos ningún detalle, el autor nos destaca regularmente aspectos de interés con signos de exclamación. Por ejemplo, en 1912 “¡doce! regidores de la Municipalidad de Santiago serían procesados por malversación de fondos recaudados en el Teatro Municipal” (p. 24, la exclamación es del autor).

Dicho esto, este no es un trabajo de “cinefilia” propiamente -o mejor expresado, de crítica cinematográfica- en donde se estudia qué se dijo de las películas, qué representan estas, o cómo estaban filmadas. En cambio, presenta estrategias y procesos de distribución, como de dónde se obtenían las películas, quién las traía al país, cuántas llegaban, dónde se mostraban, cómo eran los cines, quién las veía y qué se decía sobre la cultura que se estaba construyendo en torno al cine entre 1907 y 1932 (con pequeñas pero adecuadas referencias tanto a momentos anteriores como posteriores). En esta lógica, el exhaustivo trabajo de fuentes le posibilitó al historiador Jorge Iturriaga hacer una división en cuatro momentos de la “conflictiva construcción” de la cultura plebeya chilena. Cada momento equivale a uno de los cuatro capítulos de desarrollo de la investigación (antecedidos por una propositiva introducción de carácter teórico metodológica).

En primera instancia, el período de 1907-1914 puede ser entendido como la configuración del modelo comercial. El capítulo explora lo lucrativo del negocio de exhibir cine, ya que como se señala en el libro “no había población de Santiago que no tuviera un biógrafo a siete u ocho cuadras de distancia” (p. 62). El capítulo muestra cómo se configuró el comercio de cine, incluyendo el análisis de los distintos tipos de comerciantes; los empresarios establecidos y ocasionales, las alquiladoras, los proyeccionistas, entre otros. Explora cómo el comercio se intentó acomodar al púbico (con precios de entradas y horarios). Por otra parte, recopila comentarios de cómo el cine permitía conocer a personas de otras clases sociales como “futres”, “jutres”, “niñas de clase alta”, y “otros sectores de trabajo” (p. 59) y también explica el vocabulario de la época: “Griseta era sinónimo de muchacha de extracción popular” (p. 56). Para resumir este primer momento, el autor lo describe como paternalista.

El segundo capítulo nos habla de las trabas que comenzaron a desarrollarse ante esta cultura masiva durante 1914 y 1918. Destacan las preocupaciones por las malas condiciones en que se veía cine. Aquí, el trabajo de fuentes nos permite adentrarnos en la mentalidad de la época por medio de la prensa. Por ejemplo, para referirse a lo insalubre de los cines, una revista presenta un diálogo entre dos prominentes empresarios de teatros. Concluye diciendo que “en señal de cordialidad se comieron una callampa criada en la platea…” (p. 101). Evocando así los llamados por higiene y seguridad que se manifestaron en esta época.

Junto con esto, también se destaca la preocupación por lo que se veía y contingentemente, los llamados a la censura (tema de gran envergadura en todo el libro). Iturriaga nos muestra que en la época la censura debía apuntar a una buena “moralidad” y “civismo”, los cuales eventualmente aspiraban a impedir cinematografías disidentes de lo oficial, así como también a públicos diferenciados (p. 125), llevando a un potencial aburguesamiento de los contenidos exhibidos. Eventualmente, eso sí, se demuestra mediante la descripción de escenas judiciales de principios de la década del 20 cómo las censuras en torno a la sexualidad pudieron ser negociadas, no así las medidas en torno a la seguridad de los espectadores. Este período el autor lo resume como el de revolución.

El tercer capítulo trabaja sobre el período 1918-1925, y presenta la creación de nuevas instituciones (la consolidación de los estudios estadounidenses en la región, la desaparición de exhibidores pequeños, la creación de la ley de censura) así como la arremetida de las revistas especializadas en cine (ya de cariz más yankeeficadas). En estas revistas se podía apreciar una alta valoración a las estrellas. Las revistas debatieron sobre modelos e ideales representados por las estrellas, y desarrollaron encuestas sobre ellas. Este medio eventualmente se prestó también para votar en encuestas sobre los candidatos presidenciales, cuando las mujeres aun no tenían derecho a voto. Los cuestionamientos sobre los ideales de familia y el rol de la mujer, así como la crítica al deseo aspiracional generalizado de tener lo que se vía en la pantalla, llevan a Iturriaga a llamar a este periodo el de contrarrevolución.

Finalmente, el último período de 1925 a 1932 nos presenta el poder que logró el cinematógrafo mediante los lobbyistas, como por ejemplo el interesante caso de Carlos Borcosque y mediante la propietarización de las cintas (legislación de la propiedad intelectual). Trata también sobre la crisis general suscitada con la llegada del sonido que calzó con la crisis económica mundial de 1931-1932. Las salas comenzaron a dejar los barrios populares para irse al centro, más cercanos a la cultura dominante (p.206). Aun así, los precios se mantuvieron relativamente accesibles. Este libro ni maximiza ni minimiza el rol del cine, sencillamente expone su importancia real, la que según el Estado en 1928 era un artículo de primera necesidad dentro de la canasta base (p.235). Iturriaga describe este período como el de difusión.

Pese a la excelente reconstrucción de la época el autor nos sugiere cautela, ya que la hipótesis de la cultura plebeya, expuesta claramente en este libro, quizás no pueda ser apropiada fuera de las grandes ciudades. Esto es interesante porque este libro es al mismo tiempo un detallado trabajo de historia social, una sugestiva investigación de historia cultural, un interesante trabajo de economía, (comparando precios de entradas a las distintas secciones de los cines con el kilo de pan o el litro de vino, a través de todo el período e incluso tras el decreto de impuestos a los espectáculos) y un gran esfuerzo por descentralizar las historias urbanas (y del cine) en Chile, al incorporar no sólo la capital, sino también Valparaíso e Iquique (prominente ciudad del norte salitrero) además de otras ciudades del país trabajadas en momentos puntuales.

Además del trabajo de fuentes, este libro presenta también una apropiada revisión e incorporación de teorías e investigaciones internacionales sobre este período; sobre todo para el caso de Estados Unidos y Francia, principales influencias del temprano cine chileno. En este sentido, textos de Staiger, Thompson, Ross, Rosenzweig, Hansen, Sklar, Bigourdan y Comolli entre otros, son interrogados y contrastados con la realidad chilena, contextualizando el cine local con la esfera global, dejando en evidencia las marcadas relaciones internacionales que implican siempre el estudio del cine. Dicho esto, a pesar de que hay varios trabajos que relacionan esta esfera internacional con lo local a nivel latinoamericano, como los trabajos de Gaizka de Usabel, Jesús Martín Barbero, Violeta Nuñez, Paulo Paranaguá y Andrea Cuarterolo, hubiese sido interesante acceder a más bibliografía latinoamericana a través de este trabajo.

Me gustaría hacer hincapié en el cuidado a nivel de detalles de esta investigación. La misma elección de la foto de la portada del libro editado por LOM es una muestra de ello. En ella se ve el Teatro Carrera en 1926. Aun más, aparecen hombres en escaleras y andamios de suelo y colgantes construyendo (¿Limpiando? ¿Manteniendo?) una de las grandes salas de Santiago Centro, característica de la cultura mesocrática, que dominó el circuito en la década de 1920. Aparecen también otros personajes espectadores de esta escena. Así, la portada resume la investigación en varios de los aspectos hasta aquí presentados.

Esta gran investigación es un aporte a la creciente área de estudios de cine en Chile. Ciertamente también abre la potencialidad de incluir a Chile en los crecientes estudios comparados sobre cine en la región, brindando un concienzudo trabajo sobre este período. Finalmente, en relación a los trabajos históricos de cariz social esta investigación nos lleva a reflexionar sobre cómo las clases populares influyeron en la cultura oligárquica y viceversa, y la manera en que de este contacto y confrontación surge la masificación del cine en Chile. ¿Cómo podemos investigar historia del siglo XX sin trabajar con el cine? Trabajos como este imposibilitan negar la relevancia del cine en el estudio de la historia, y a la vez, nos recuerdan lo importante que es la historia para disfrutar y continuar maravillándonos con el cine. Aún más, el libro deja la puerta abierta para múltiples investigaciones por realizar en esta materia.

libroJorge Iturriaga , La Masificación del cine en Chile 1907-1932. La conflictiva construcción de una cultura plebeya, Santiago, Lom, 2015.