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junio 13th, 2013Número 2, Reseñasadmin 0 Comments
Ciudad, lugares, gente, cine

Ciudad, lugares, gente, cine. Apropiación del espectáculo cinematográfico en la ciudad de Aguascalientes, 1897-1933
de Evelia Reyes Díaz

por Eduardo de la Vega Alfaro (Universidad de Guadalajara)

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Desde ya la lejana aparición de El cine yucateco (unam,1980), de Gabriel Ramírez Aznar, la historiografía sobre los fenómenos fílmicos en México se ha venido enriqueciendo con una serie de importantes e interesantes estudios que han tenido como principal cometido dar cuenta de la producción, distribución y consumo de películas en algunas de las múltiples regiones que conforman el territorio nacional. Después vendrían otros trabajos tanto en México como en otras ciudades y regiones de América Latina (entre los más notables de esta última línea estarían los de Edda Pilar Duque sobre la evolución de salas de cine en Medellín, Colombia; Rose Marie Bernier sobre la llegada del cine a San Juan, capital de Puerto Rico; Víctor Mejía, sobre los comienzos del cine en Lima, Perú; Yolanda Sueiro acerca de los inicios de la exhibición cinematográfica en Caracas, Venezuela, y Álvaro Sanjurjo en torno al famoso “Salón Rouge”, primera sala de cine en Montevideo, Uruguay. Finalmente ha tocado su turno al caso de la ciudad de Aguascalientes, capital del estado del mismo nombre, espacio que ya había motivado el interés de cronistas e historiadores cinematográficos como Aurelio de los Reyes, Juan Felipe Leal, Ana Lilia Rosales Padilla y Andrés Reyes Rodríguez pero que, al menos hasta este momento, tiene en Evelia Reyes Díaz a la figura que ha elaborado los dos trabajos más profundos y empeñosos acerca del tema. Me refiero a Entre Churros y esmeriles. El cine: diversión y cotidianeidad en la ciudad de Aguascalientes, 1897-1957, ensayo terminado en 2003 para acreditar la licenciatura en Historia impartida por la Máxima Casa de Estudios de la capital “hidrocálida”, y a Ciudad, lugares, gente, cine. Apropiación del espectáculo cinematográfico en la ciudad de Aguascalientes1897-1933, libro que viene a ser la versión, corregida y puesta al día, de la tesis defendida en noviembre de 2006 para que su autora obtuviera el grado correspondiente en la maestría en Historia de México que ofrece la Universidad de Guadalajara.

Antes de ponderar brevemente el resultado de este notable trabajo cabe aquí advertir que me tocó ser, junto con la doctora Galdys Lezama, director de dicha tesis de postgrado, lo cual en todo momento resultó muy interesante, a más de grato y ameno, entre otras razones porque me permitió ir conociendo de cerca los hallazgos hechos por Evelia para completar la tarea que se impuso desde el principio de sus estudios de maestría y que, no sin dificultades y obstáculos de diversa índole, llevó a cabo en los plazos que estaban estipulados para poder obtener el grado. Para el académico que aún aspiro llegar a ser no dejó de ser curioso hacia dónde podían llevar los resultados de tales hallazgos, aparte, claro, de la aportación que a la historiografía fílmica local y nacional podrían reportar. Recuerdo muy bien que al final de la empresa quedé bastante satisfecho de esos resultados, toda vez que pude comprobar que el empeño y rigor puestos por la entonces “tesista” en su objetivo se alcanzaron plenamente, cosa que no suele ser muy común que digamos pues, al menos en la mayoría de mis anteriores experiencias como director y sinodal de tesis, tal sensación satisfactoria no se había hecho del todo evidente.

Como puede apreciarse con una simple ojeada al índice, el esperado libro de Reyes Díaz es tan ambicioso como preciso. En la introducción se hace una síntesis de los elementos “teórico-metodológicos” que sustentan el estudio, lo que incluye un repaso por los conceptos de sociólogos e historiadores como Peter Burke (quien se refiere a las “complejas relaciones” que se establecen a partir y en torno a la llamada “cultura popular”) y Natalie Zemon Davis (que trabaja con rigor los vínculos existentes entre la sociedad y la cultura modernas en el seno de las “comunidades”, o sea las agrupaciones de escasa población que conviven en un mismo espacio geopolítico y económico),1 para después ubicarse dentro de la tendencia historiográfica que más y mejor le corresponde: la de la historia social del cine y, ya dentro de ella, a lo que podemos denominar como la historia de los espacios donde las sociedades de apropian del cine. Gracias a ello, la joven autora logra que sea a través del uso de las salas cinematográficas, concebidas como espacios de encuentro y a veces confrontación de las clases sociales, nos podamos acercar, sin el pánico o rechazo que muchas veces ello puede provocar, a la peculiar historia socio-política de una “comunidad” también peculiar pero que a su vez comparte no pocas características con otras de su misma época y aún de épocas subsecuentes. El fenómeno fílmico se convierte así en una especie de prisma que nos permite vislumbrar todo un ámbito socio-cultural durante la larga etapa de transición que abarcan los últimos años del Porfiriato, la Revolución Mexicana y el intenso periodo posrevolucionario.

A partir de estas premisas, el libro que nos ocupa traza una historia que no por su carácter regional deja de ser muy sugerente en lo que a los orígenes y evolución del espectáculo cinematográfico se refiere. Entre otros interesantes asuntos, el capítulo 1 hace un análisis “las primeras significaciones que la sociedad aguascalentense le otorgó al cinematográfico” a partir de las intensas actividades empresariales llevadas a cabo en la capital de Aguascalientes por los pioneros Vicente Alonso Medina, Enrique Mouliné, Carlos Mongrand y Enrique Rosas, principal pero no únicamente.

Otro mérito del estudio emprendido por Reyes Díaz es el hecho de que jamás pierde de vista la evolución de una ciudad como Aguascalientes, cuya particular situación geográfica la convertiría en paso obligado de las principales rutas comerciales y ferroviarias de la zona norte del país. Gracias a ello, y a la instalación de los sistemas de corriente eléctrica que trajo la modernidad porfiriana, en el centro de dicha “urbe-comunidad” surgirían una nada despreciable cantidad de salas y “protosalas” (concepto muy bien manejado por la autora para definir a aquellos sitios que “intentaron ser salas de cine pero que por sus características físicas no podían ubicarlas” necesariamente como tales), como fue el caso del Teatro Salón Vista Alegre, regenteado entre 1908 y 1914 por otro gran pionero fílmico, Federico Bouvi, sitio en el que, según se deja ver en el magistral y testimonial relato autobiográfico “Cuarto año” (reunido por Eduardo Antonio Parra para la Editorial Lectorum, México, 2003), se forjó la incurable cinefilia del futuro literato, guionista y director de cine Mauricio Magdaleno, ni más ni menos, ello durante la etapa de su infancia en la que trabó contacto con las películas cómicas protagonizadas por Max Linder y con muchas cintas pletóricas de “excitantes persecuciones”. En su recorrido por la historia de los espacios en que los habitantes de Aguascalientes se acostumbraron a ver películas, la autora se topa, por ejemplo, con el afamado Teatro Morelos, que, como otros recintos similares en otras partes del país (el Degollado, en Guadalajara; el Juárez, en Guanajuato; el Macedonia Alcalá, en Oaxaca, etcétera), cumplió las veces de “centro cultural” para el desarrollo de diversos espectáculos en sus respectivas localidades y, en esa calidad, también fue uno de los lugares privilegiados para la “forja de cinéfilos” o “adictos al cine”, que en este caso y a partir de un momento determinado provenían de los más diversos sectores de las clases “baja”, “media” y “alta”, y donde los representantes de las primeras (obreros y campesinos recién emigrados a la ciudad, quienes, por lo módico del precio, se ubicaban en las “galerías”) ejercían una especie de “venganza social” arrojando todo tipo de desperdicios a quienes ocupaban los palcos, plateas y lunetas.

Una agotadora revisión en los archivos disponibles y en las fuentes hemerográficas integradas por no pocos diarios locales como Diario Nuevo, Renacimiento, Idea y Acción, La Voz del Pueblo, La Opinión, La Lucha, etcétera, permite a Reyes Díaz establecer un minucioso recuento de películas estrenadas en Aguascalientes durante buena parte de las décadas veinte y treinta del siglo pasado, lo que tiende a demostrar que hubo una considerable cantidad de cintas que no se exhibieron en la ciudad de México en las salas que se anunciaban en los diarios de esa misma época (por lo menos no con los mismos títulos), lo cual enriquece las cifras y nombres de estrenos (sobre todo extranjeros) señalados por María Luisa Amador y Jorge Ayala Branco en Cartelera Cinematográfica 1920-1929 (unam, 1999) y Cartelera Cinematográfica 1930-1939 (unam, 1980). Y por supuesto que tal recuento depara sorpresas que a su vez se pueden convertir en verdaderas “torturas” para los historiadores del cine producido en México durante el periodo aludido, como puede ser el caso de la cinta intitulada Cuadro artístico mexicano, que quizá fue un corto o mediometraje y que debido a ello no quedó consignado en las “Carteleras” de Amador y Ayala, pero que sí se exhibió en los cines Royal y Palacio de Aguascalientes en julio de 1925. Como esta cinta tampoco aparece registrada en las filmografías del cine “mudo” mexicano publicadas hasta ahora por Aurelio de los Reyes, desde ya se convierte en uno de los tantos retos de indagación que los interesados en la historia de los filmes hechos y exhibidos en nuestro país debemos de comenzar a afrontar. Otro dato revelador derivado de ese muy interesante acopio de datos y que quizá nos pueda hablar del pernicioso efecto que ya desde entonces podría tener el centralismo: cuando así sucedía, las cintas estrenadas en la ciudad de México tardaban un promedio de entre dos y seis meses (a veces más) para conocerse en Aguascalientes, lo cual hace probable que a ésta última localidad (como a muchas otras) las copias llegaran lo suficientemente maltratadas, mutiladas y “rayadas” como para ya no poder haber apreciarlas con su sentido estético y narrativo más o menos original.

Sin duda que resulta válido destacar que la publicación de Ciudad, lugares, gente, cine… revela el sentido profesional que el trabajo editorial de la Universidad Autónoma de Aguascalientes ha alcanzado en los años más recientes. Austero en su presentación pero muy bien cuidado en todo lo que se refiere al contenido y disposición de cuadros e ilustraciones, el libro de Evelia Reyes Díaz es un muy digno ejemplo de lo que se puede hacer con escasos recursos suplidos con inteligencia, precisión y buen gusto.

Por todo lo apuntado cabría esperar que Reyes Díaz se pueda dar a la tarea de complementar este trabajo con otro que retomara esa historia de la apropiación del espectáculo cinematográfico en la capital de Aguascalientes desde 1934 hasta por lo menos 1970. Estamos seguros que ese nuevo estudio revelaría, entre otras cosas, hasta qué punto una ciudad (y una sociedad) de esas características pudo ser receptáculo de las películas producidas por entonces boyante la industria fílmica mexicana y de qué manera y hasta dónde las hizo suyas, es decir, las incorporó a lo que Pierre Bourdieu denominó como la “cultura cotidiana”, de la que el cine de esa época fue elemento principal.

 

Evelia Reyes Díaz, Ciudad, lugares, gente, cine. Apropiación del espectáculo cinematográfico en la ciudad de Aguascalientes 1897-1933, Aguascalientes, Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2012.

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